Hay personas que nacieron para caminar en puntillas, para pasar desapercibidas y para aceptar lo que la vida les dé. Y hay otras —como quien pronuncia estas palabras— que son todo lo contrario:
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intensas, frontales, incapaces de vivir en escala de grises. Ser extrema no es ser dramática; es tener la sangre despierta, el pulso firme y un corazón que no sabe negociar con la mediocridad. Es entender que la vida no siempre es larga, pero siempre es profunda cuando uno la vive completa.
Quien no sabe vivir a medias tampoco sabe rendirse. Porque el que vive entero, pelea entero. Caerse no es un final, es apenas una repetición de ensayo para levantarse mejor. No doblarse no significa no sentir, significa no entregar la dignidad a cambio de un alivio momentáneo.

Significa tener memoria: recordar de dónde se viene, todo lo que costó, lo que uno ha peleado con uñas y dientes para estar de pie. Y cuando uno recuerda sus raíces, el rumbo deja de ser borroso; el horizonte se vuelve un destino, no una casualidad.
Extrema es la que no pide permiso para ser intensa: ama intenso, trabaja intenso, se defiende intenso, rompe y reconstruye las veces que hagan falta. La que, aun con cicatrices, camina erguida porque sabe que cada marca es testigo y no cadena.

Vivirse entera es un riesgo, sí. Pero también es la única forma de no llegar al final de la vida con la boca llena de “hubiera”. Porque no hay peor derrota que haber vivido a medias sabiendo que se podía vivir completo.
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