Jalexis siempre había visto el casino como un lugar de suerte fácil. Empezó yendo “por entretenerse”, apostando poco, celebrando cuando ganaba y riéndose cuando
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perdía. Pero como pasa con muchos, la emoción del juego comenzó a convertirse en una necesidad diaria. Cada giro en la máquina y cada carta sobre la mesa le daba una adrenalina que confundía con felicidad.
Una noche de viernes, después de una semana difícil, decidió “recuperar lo perdido”. Entró al casino con todo lo que tenía encima: parte de su sueldo, unos ahorros y hasta el dinero que había prometido guardar para una deuda. “Hoy es mi día”, se repetía.
Al principio pareció que sí. Ganó dos veces seguidas en la ruleta, y los empleados del casino hasta lo felicitaron. Pero la suerte falsa dura poco. En cuestión de minutos, todo cambió. Una mala jugada aquí, otra allá…
y de repente su mesa estaba vacía. No quiso retirarse. Siguió apostando, buscando recuperar. Perdió más. Cuando se dio cuenta, su cartera estaba vacía y su cuenta bancaria casi en cero.

“¿Cómo llegué a esto?”, murmuró, con las manos temblando.
Salió del casino casi sin poder respirar, sintiendo un vacío que ningún premio podía llenar. El golpe real vino cuando miró
su teléfono: mensajes de su familia preguntando si llegaría temprano, y recordatorios de pagos que ya no podía cubrir. Esa noche, sentado en una acera, entendió que había tocado fondo.
Fue ahí cuando hizo su juramento.
“Nunca más vuelvo a poner un peso en un casino. Nunca más destruyo mi vida por un juego.”
Desde entonces, Jalexis empezó a reconstruirse: buscó ayuda, habló con su familia y puso límites estrictos. No ha

vuelto a un casino desde ese día, y hoy cuenta su historia no para dar pena, sino para que otros no pasen por el mismo infierno.
